Shangri-la (Zhongdian): Fantasías tibetanas

En Shangri-la no se envejece nunca. El monasterio, “un oasis envuelto de montañas nevadas, prados y grandes llanuras de tierra roja” es el lugar perfecto para vivir. Allí gobiernan los mejores, no los más fuertes, y rige la moderación y el respeto; allí se practica el estudio, la música y la meditación como forma de vida. Uno no desea nunca dejar Shangri-la. Es por ello que, si se abandona, uno ya no podrá evitar el deseo de volver de nuevo. Porque todos los años allí vividos se recuperan de golpe al traspasar sus puertas.

En Cloe, una de las Las ciudades invisibles“ de Calvino, la gente que pasea por sus calles no se conoce. Las personas, al verse, imaginan los encuentros que podrían ocurrir entre ellas, pero no se detienen. Imaginan las conversaciones, las sorpresas, las caricias, los mordiscos, y luego huyen. Buscan otras miradas, otros encuentros, nunca se detienen. En Cloe rige una vibración lujuriosa que la convierte en la más casta de las ciudades. Si hombres y mujeres empezaran a vivir sus sueños en Cloe entonces empezarían también las simulaciones, los malentendidos, los choques, y el carruesel de fantasías se detendría.

Cloe es una ciudad de fantasía y de fantasías. Nunca ha existido ni existirá más que en la mente de los lectores de Calvino. Y Shangri-la, como Macondo o el Reino de Oz, como el condado de Yoknapatawpha o Camelot, es, del mismo modo, otro lugar de fantasía. Un lugar irreal que forma parte del imaginario occidental. Zhongdian, en cambio, es real, y aunque también tiene un monasterio, desgraciadamente no es Shangri-la más que para los folletos turísticos, la toponimia china y la imaginación de sus visitantes. No obstante, vale la pena una visita a esta pequeña ciudad, un antiguo pueblo tibetano que aún remite levemente a ese mundo de fantasía.

Monasterio de Songzalin

Monasterio de Songzalin

James Hilton escribió Lost Horizon” (“Horizontes Perdidos”), la novela que describe Shangri-la, en 1933. El libro narra la historia de uno de los cuatro supervivientes de un accidente aéreo sobre el Himalaya. Es un relato sobre un lugar mágico, un monasterio llamado Shangri-la del cual uno no quiere marcharse nunca, escrito en una época de gran inestabilidad política y que transcurre en un valle apartado del mundo donde nada de todo eso sucede. Un libro que se convirtió en uno de los primeros best-sellers mundiales gracias a una edición de bolsillo que lo popularizó rápidamente. En 1937 Frank Capra filmaba una película del mismo nombre, y hasta tal punto llegó la fama de la historia de Hilton que el presidente Roosevelt cambió el nombre de la residencia de Camp David por Shangri-la durante unos años. Pero lo cierto es que Hilton nunca conoció el Tibet. Lo más cerca que estuvo fue durante una estancia en un pueblo de las montañas de Pakistán. Se cree que los personajes tibetanos, la ambientación del valle entre montañas y todas las costumbres locales que se mencionan en el libro fueron obtenidos de dos fuentes: por un lado de la narración del viaje desde Pekín a Lhasa del padre Évariste Régis Huc:Souvenirs d’un voyage dans la Tartarie, le Thibet, et la Chine pendant les années 1844, 1845 et 1846”;  y por otro de los artículos del excéntrico botánico James Rock para National Geographic en la década de 1920. Con ambos moldes crearía Hilton todo un icono del siglo XX.

"Lost Horizon" de James Hilton

Y ya en el siglo XXI, el gobierno chino, ha entendido rápidamente que alrededor del mito de Shangri-la también existe un posible negocio. Así, Zhongdian, una ciudad de tamaño medio, industriosa y anodina pero con un bonito templo budista tibetano y prados de yaks en los alrededores es hoy la antigua Shangri-la. Los folletos turísticos hablan sin pudor de que hubo un avión que se estrelló aquí en 1944 (sic) con 4 supervivientes, y de que fue en esta donde Hilton obtuvo inspiración para su novela. “Después de una cuidadosa investigación se ha determinado que la Shangri-la de Hilton es, de hecho, Zhongdian” se dice textualmente en uno de ellos. Una inocente estafa que, todo hay que decirlo, no decepciona. Tras doscientos kilómetros de ruta por las escarpadas e impresionantes motañas que separan Yunan del Tibet, solitarias y agrestes, nadie espera encontrar un paraíso al otro lado. Llegar parece suficiente recompensa pero cuando uno se encuentra con los preciosos prados de Deqin moteados de casas tibetanas, las estupas y los mandalas al viento con un fondo de montañas nevadas en el horizonte, cuando uno se adentra en el llamado Condado de Deqin no importa demasiado el tiempo o el esfuerzo que haya costado llegar. Shangri-la es ya lo de menos.

Dukezong, Shangri-la

Dukezong

Mandalas y banderas de plegarias nos reciben en la entrada a la plaza principal de Dukezong, la “ciudad vieja” de Zhongdian, situada a 3.380 metros de altitud y algo alejada de la principal atracción del nuevo Shangri-la, el monasterio de Songzanlin. Un grupo de tibetanos, indiferentes a la llegada del autobús, cruza a paso tranquilo el espacio entre el nuevo Museo de la Ciudad y el inicio de los callejones sinuosos que daban forma a este barrio antiguo, hoy convenientemente renovado por el Gobierno chino y convertido en Shangri-la. Es media tarde y apenas hay vida en las calles colindantes. El sol cae sobre los puestos de souvenirs para turistas y la madera barnizada brilla en los ventanales de las casas tibetanas. Cuchillos de plata, cuernos y cepillos de yak, vestidos tibetanos, figuritas budistas: la oferta habitual. Un hombre ofrece un yak albino para hacerse fotos con él y en la colina, junto a un pequeño templo, un grupo de jóvenes chinos trata de hacer girar la gigantesca rueda de plegarias de 21m de altura que, instalada en 2002, reluce dorada sobre los tejados planos y blancos.

Dukezong, Shangri-la

Rueda de Plegarias en Dukezong

Desde esa atalaya se obtiene una bonita vista de la ciudad antigua: cafés de aspecto europeo en las terrazas, los techos puntiaguados de las casas tibetanas de dos pisos reconvertidas en galerías artesanales y pensiones, el humo de las estupas, la piedra de los callejones. Un poco más allá, casi invisible frente a la majestuosidad de los grandes prados y las cordilleras nevadas en el horizonte, adivino el núcleo de casas de chapa donde viven la mayor parte de los tibetanos, un 60% de ellos por debajo del umbral de la pobreza según las estadísticas. “Un paraíso lejos de la confusión de lo mundano”, dice el folleto que tengo entre las manos.

Dukezong, Shangri-la

Dukezong

Tras el templo vuelvo a la plaza para internarme en lo mundano, las bonitas calles empedradas de Dukezong. Ya he desechado la idea del museo, prefiero curiosear entre las calles antes de volver al autobús. El “prólogo” que se anuncia en la entrada del museo ofrece un excelente resumen.

Bajo el liderazgo del Partido Comunista Chino y desde la liberación en 1949, las minorías presentes en Diqing (tibetanos, Lisu; Naxi, Han, Yi, Bai, Pumi, Hui y Miao)  se han unido en sus esfuerzos y conseguido un increíble éxito en todas sus áreas de actividad. Hoy, en esta nueva era, las minorías de la región siguen esforzándose sin descanso para conseguir una unida, armoniosa, moderna y próspera Prefectura de Diqing.”

Dukezong, Shangri-la

Dukezong

El interior de Dukezong se me aparece tan pacífico como solitario. Las tiendas están vacías y una gran estupa blanca deja escapar un pequeño hilo de humo hacia el cielo. En una plaza, frente a una pensión, lucen varios perros construidos con desechos de metal, al estilo de las galerías berlinesas, y dos niños juguetean en pijama minetras su madre lava la ropa en un gran caldero. En un café descansa un joven tibetano, protegida la mirada por unas oscuras gafas de sol y un sombrero de cowboy. Las botas tejanas reposan sobre una silla y la cazadora de aviador cuelga en el respaldo. Al entrar veo que hay guías y libros de viaje en inglés en las estanterías, folletos diversos de tours privados y en la barra se ofrece café expresso italiano. Pero no hay un solo cliente chino. El grupo continúa la visita guiada al museo así que me instalo a ver pasar el tiempo en el café antes de volver al autobús. Para ser el nuevo Shangri-la no me veo imbuido de excesivo ambiente sagrado. Más bien parece un pequeño y encantador pueblo de provincias tibetano.

Dukezong, Shangri-la

Dukezong

El monasterio de Songzalin es la gran atracción de la mañana siguiente. Un famoso complejo monástico de 300 años de antigüedad y donde conviven unos 600 monjes. Sin embargo, apenas se ven unos cuantos a primera hora de la mañana. Mi grupo sigue al guía chino mientras curioseo por mi cuenta entre los templos y los edificios donde habitan los novicios para tratar de hablar con alguno, sin demasiado éxito. Los monjes mayores pasean mirando el móvil y escapan raudos en cuanto ven a un turista y los jóvenes, aunque observan con interés, no pasan de una amable sonrisa. Como a veces ocurre en los templos tibetanos, los enclaves siempre bien elegidos, me doy cuenta de que es mucho mejor la vista desde la distancia -recuerda al Palacio de Potala en Lhasa- que pasear entre sus muros. Es en las estancias reservadas a las estatuas de Buda donde se recupera el ambiente espiritual. Allí los clásicos y hermosos ornamentos tibetanos relucen dorados en paredes y techos y las ofrendas, el incienso, las velas, la fruta, dan ese carácter original tan genuinamente tibetano al complejo. Tan de fantasía occidental.

Songzalin, Shangri-la, Yunan

Songzalin

Es esa clase de fantasía lo que hace que la gente llegue hasta la nueva Shangri-la. Sin embargo, y aparte de su supuesto carácter literario, Zhongdian es una excelente escala en un viaje por el norte de Yunan. Además de lo ya dicho aquí, Shangri-la es también un buen punto de partida para explorar el oeste montañoso de la provincia de Sichuan y las famosas carreteras al Tibet, pobladas de paisajes espectaculares y auténticos pueblos tibetanos.También merecen una visita los alrededores de la ciudad y el condado de Deqin con sus prados verdes en verano. La altitud, que puede ser un problema para algunos, ofrece también paisajes espectaculares de picos eternamente nevados. Y es que, más allá de fantasías literarias, Shangri-la es una magnífica opción para visitar el Tibet fuera del Tibet. Para satisfacer, en definitiva, esa curiosidad occidental por la fantasía tibetana.

Songzalin, Shangri-la, Yunan

Grabado tibetano

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