Phonsavan: La guerra secreta de Laos

Phonsavan es la capital de la provincia de Xieng Khuang, unos 300 km al norte de Vientiane, una ciudad reconstruida a partir de 1975 y sin mucho atractivo pero que es el punto necesario para visitar una zona que es protagonista, muy a su pesar, de la reciente historia de Laos. El viaje es relativamente cómodo para los estándares laosianos, 8 horas en un autobús moderno con asientos abatibles, aire acondicionado y una gran selección de los mejores éxitos del pop laosiano que nunca te abandona. Ni siquiera de noche. El paisaje de la zona se compone de grandes explanadas y pequeñas colinas ocre que a medida que uno se dirige hacia el norte, van dejando paso al verde de las escarpadas y espesas montañas del norte de Laos, con abruptas laderas que dibujan profundos valles salpicados de grises formaciones de roca kárstica. Es aquí donde, entre 1964 y 1975 se desarrolló la mayor parte de la llamada “Guerra Secreta de Laos”, uno de los episodios más lamentables del pasado siglo y que, hoy en día, 35 años después de su teórico final, aún sigue teniendo consecuencias. Por un lado, unas 50 vidas humanas al año por explosiones de minas (el 40% de ellas, niños), por otro, miles de refugiados hmong en Tailandia y EE.UU., dejados a su suerte y sin estatus de refugiado político, a los que nadie quiere. Y unos cuantos cientos de soldados hmong que siguieron luchando tras la retirada de los norteamericanos en 1975. Perseguidos por el régimen comunista que se instaló en Laos y masacrados por los vietnamitas, algunos soldados se refugiaron en las montañas en torno a Long Chan y siguieron su particular lucha aislados del mundo. Lo más increíble es que hoy en día, 35 años después de acabada la guerra, aún quedan soldados armados que se resisten a aceptar los ofrecimientos del Gobierno de Laos por miedo a las represalias. La reciente muerte del general Vang Pao, que residía en EE.UU y financiaba desde allí los envíos de armas, seguramente indicará el final de una lucha surrealista dentro de un país que hoy recibe gran parte de su ayuda externa de los propios EE.UU.

Bombas norteamericanas en Phonsavan

Bombas norteamericanas en Phonsavan

El interés turístico de la zona se suele centrar en la llamada “Llanura de las Jarras”, una explanada donde los monumentos con forma de jarra de más de 1.500 años de antigüedad se mezclan con los cráteres provocados por las bombas norteamericanas y las cintas que indican las zonas con peligro de minas. Y como punto de partida, Phonsavan, una ciudad donde no queda ni un edificio anterior a la guerra y donde uno encuentra carcasas de bomba oxidadas por todos lados. En la recepción de los hoteles, como macetas en los jardines o en los estantes de un bar, todo el mundo te enseña su bomba en Phonsavan. Una forma de poner buena cara ante un pasado terrible y una vía de ingresos para los humildes habitantes de la zona: bombas para los turistas.

Llanura de las Jarras

Llanura de las Jarras

A la “Guerra Secreta de Laos” se le llama así, “secreta”, porque fue una guerra que nunca existió para la administración americana. La guerra tenía el objetivo de de frenar las rutas de abastecimiento del ejército norvietnamita en el sur de Vietnam, la célebre ruta Ho Chi Minh, y aunque en un inicio fueron los propios norteamericanos los que lucharon en esa zona, a medida que el conflicto fue agravándose y las bajas aumentando, la CIA comenzó a formar y pagar a un ejército de soldados de la etnia “hmong” para que lucharan contra los norvietnamitas. Dos terceras partes de los jóvenes hmong, un pueblo diseminado entre Laos, Tailandia y Vietnam fue contratado para combatir, apoyados por aviones norteamericanos, contra los vietnamitas que transitaban por Laos. A medida que los vietnamitas avanzaron hacia Saigon, se incrementaron los bombardeos y se flexibilizaron las reglas de combate que debían seguir los pilotos en su selección de objetivos. Los aviones B-52 partían de Tailandia y descargaban sus bombas indiscriminadamente sobre pueblos, carreteras, granjas o tramos de selva, hasta llegar, como confesaba un piloto, a “disparar a cualquier cosa que se moviera”. Desde la base de Long Chan, al sur de Phonsavan, una ciudad fantasma hoy en día (aún con acceso restringido), pero que llegó a alojar a 300.000 personas entre personal de la CIA y soldados hmong (la segunda ciudad de Laos) se dirigieron, entre 1969 y 1972, 584.000 misiones para arrojar 450.000 toneladas de bombas sobre Laos. Se cuenta que a los congresistas americanos que visitaban la base se les enseñaba una maqueta con la base situada dentro de la frontera de Vietnam. Es la base que aparece en la película “Air América”, un film disfrazado de historia de “colegas” (Mel Gibson y Robert Downey Jr.) que, sin embargo, contiene una velada crítica, modesta pero crítica al fin y al cabo, de los manejos de EE.UU. en esa época. La pena es que la historia se centra en el opio (los “malos” trafican con opio) para dejar a un lado las bombas, los pesticidas y el “agente naranja” que caían sobre los civiles, un olvido seguramente necesario para poder estrenarse. Porque no hay que olvidar que todas esa bombas caían sobre un país que NO estaba en guerra. Los supervivientes de la época declaran hoy que simplemente escuchar el sonido de los aviones hacía llorar a los niños: “no entendíamos porque nos bombardeaban si nosotros no les habíamos hecho nada”. Una locura que supuso el mayor bombardeo sobre civiles de la historia. Y un bombardeo que no sucedía. Así, Nixon declaraba en 1969, es una de las primeras escenas de la película que mencionaba, que “no había fuerzas de combate americanas” en la zona.

Phonsavan

Armas de soldados norteamericanos

Una de las cosas que más llama la atención en el sureste asiático es la naturalidad con la que los propios asiáticos relatan sus calamidades. La visita más usual en Phonsavan consiste en un tour por las modestas atracciones de la zona. La visita comienza por la Llanura de las Jarras, una explanada con cientos de recipientes en forma de tinaja de cientos de años de antigüedad. La razón o la utilidad de su construcción no está clara (almacén de arroz, sarcófago, recipiente para fermentar vino…) pero, más allá de su interés arqueológico, lo que realmente llama la atención son los cráteres de bomba diseminados entre ellas y las señales de “danger: UXO”. Pregunté a mi guía, hmong, un hombre de unos 40 años de maneras amables y perpetua sonrisa, sobre la guerra y sus efectos. El era un niño cuando sucedió, y lo único que recordaba era el sonido de los aviones y los desplazamientos continuos. No se extendió mucho sobre las muertes, “todas las familias tienen muertos de esa época”, pero sí me insistió en que todo eso ya estaba olvidado, “ahora no hay problemas con los hmong, todos vivimos en el mismo país”. Ni una palabra crítica, ni un reproche, “los americanos ahora nos ayudan y queremos que siga así”. Lo cierto es que Laos, después de haber estado muchos años olvidado para el resto del mundo, hoy comienza a estar ubicado en el mapa. Y nadie quiere ya más problemas.

Poblado Hmong en Phonsavan

Poblado Hmong

Luego de las jarras y las inevitables “waterfalls” que visitas en cualquier tour asiático, tocó una vuelta por un poblado hmong (apenas cuatro casas a punto de caerse y niños corriendo entre ellas, nada que ver con el “colorido” para turistas que te muestran en Vietnam), otra etapa inevitable: las “weaving villages” (inevitable la oferta de pañuelos, fulares, almohadones…) donde probé por primera vez la caña de azúcar (a mordiscos), y a continuación visitamos los restos de una cueva donde murieron 300 civiles por el impacto de un misil norteamericano. Un pequeño monumento, fotografías antiguas y, cómo no, la carcasa del misil. Porque en Phonsavan y su provincia lo más impactante no es ningún monumento, ni el paisaje, ni siquiera la gente. Lo más increíble, como ya he dicho antes, es la inmensa cantidad de bombas que hay por todos lados. Bombas de una guerra que no existió y que supone 3 millones de USD anuales en gastos de desactivación.

Niños bañándose en el río cerca de Phonsavan

Niños bañándose en el río cerca de Phonsavan

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